A veces dejo que mis pensamientos, sin el freno de la razón, vaguen por los campos del Paraíso y me atrevo a imaginar criaturas amables y hermosas que simpatizan con mis sentimientos y disipan mi tristeza. Cuando llego la oscuridad dejé mi escondite, vagué por el bosque, y sin temor a ser descubierta, liberé mi angustia en aullidos espantosos. Me dejé llevar, y olvidando mi soledad, me atreví a ser feliz.
Aquella noche, lloré amargamente; y apretando mis manos con desesperación exclamé:
-¡Ay! estrellas y nubes y vientos, están aquí para burlarse: si realmente me compadecen, quítenme los sentidos y la memoria; permítanme volverme nada; pero si no, váyanse, váyanse y déjenme en la oscuridad. Estaba sola; no había nadie que pudiera disipar mi melancolía y aliviar la torturante opresión de las ensoñaciones más terribles. Y encima, ¿te atreves a destruir mis ilusiones? ¿O piensas que tú serás feliz mientras yo me revuelco en la intensidad de la desgracia?
Te confieso, que te amo y que en mis vagos sueños del futuro has sido mi amigo constante, mi compañero. Pero es TU felicidad tanto como la mía lo que deseo. Yo que tengo un interés profundo por ti, puedo incrementar muchas veces tu desgracia, siendo un obstáculo para tus deseos. Oh, querido, sé feliz, y puedes estar seguro de que nada en la tierra será capaz de interrumpir mi calma. No dejes que esta carta te perturbe, y si al vernos, descubro una sonrisa en tus labios, ocasionada por alguna de mis acciones, no necesitaré mas felicidad.
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